OBRINT LA FINESTRA

M'agrada assomar-me a la finestra i veure que hi ha més enllà. Normalment després me retiro a l'habitació i continuo amb el que estava fent. Avui m'han pegat una espenteta i he decidit travessar la finestra.

domingo, 6 de junio de 2010

EL DIRECTOR DE ORQUESTA

Alejandro podía escuchar los sentimientos de sus vecinos con solo quedarse quieto y poner la oreja. Se había acostumbrado a interpretar los sonidos que oía y con el paso del tiempo había afinado la puntería de sus averiguaciones. Aprendió así a escuchar a sus vecinas hablando en el rellano de la escalera, haciendo comentarios sobre el tiempo-hace buen día, parece que va a llover, o llueve como nunca lo ha hecho-o sobre los achaques de la edad-siento como un hormigueo constante en las piernas que no me lo quito por nada del mundo-o-voy a hacerme una analítica a ver si me sale bien el azúcar” y un largo etcétera.

Pero había días en que el tono de la cháchara cambiaba de un do a un mi, el ritmo se aceleraba ligeramente, y unas voces cantarinas y alegres charlaban despreocupadamente en el portal. Se desdibujaba entonces el tema de la conversación.

Susana tenía un piso contiguo al suyo, un pequeño apartamento amueblado para ella sola. Era escritora y cuando estaba de buen humor, sus dedos subían y bajaban la escalera de la olivetti con un ritmo alocado a veces, para terminar despacito con tres o cuatro toques. Esos días, al cabo de dos horas de escuchar la partitura que guiaba con sus dedos su vecina, Alejandro oía a través de las paredes de papel la Sinfonía del Nuevo Mundo, una composición que Susana tenía siempre a mano.

Otros días su vecina se limitaba a escribir lentamente cuatro gotas en la inmensidad de su novela. Sus dedos golpeaban la máquina de escribir sin apenas fuerza en un compás, o con demasiada rabia en otro y sus pocas palabras apenas si encajaban en algún lugar. Esos días no sonaban después los violines. Alejandro podía escuchar las cacerolas y sartenes que escapaban una y otra vez de sus escondites y caían al suelo de la cocina rompiendo todos los silencios. El edificio vibraba como una casa de locos sin orden ni concierto.

Pero había veces, las menos, en que Susana, sus vecinas, la gente que pasaba por la calle e incluso el tiempo, todos se ponían de acuerdo y el edificio sonaba como una orquesta sinfónica. Alejandro era un espectador privilegiado de una composición de vida, la que era capaz de contemplar desde su cama después del accidente.

En esos momentos Alejandro echaba mano de su fantasía favorita: soñaba que era director de orquesta, sacaba la batuta y, por un momento, era feliz.

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