OBRINT LA FINESTRA

M'agrada assomar-me a la finestra i veure que hi ha més enllà. Normalment després me retiro a l'habitació i continuo amb el que estava fent. Avui m'han pegat una espenteta i he decidit travessar la finestra.

domingo, 6 de junio de 2010

SE DESCUBRIÓ EL PASTEL

Después de los excesos de la noche anterior, Alejandro se levantó con un dolor de cabeza horroroso que le impedía coger el coche para ir al apartamento de sus padres a comer como hacía todos los domingos. En otras ocasiones, pensar en el plato de paella cocinado con tanto cariño por su hermana, le animaba a levantarse para ir y sentarse en el balcón rodeado de macetas de geranios, desde el que se veía el mar y los pinos de la zona común.

Pero hoy no tenía ganas de nada. El sábado por la noche por fin se decidió a tirarle los tejos a Ana. En un arranque de arrojo, se sentó a su lado en la cena y empezó a hablar con ella de los programas basura de la tele, de libros, de la universidad, de lo mal que está el trabajo, de la crisis, de la vida. Mientras hablaban, tenía cuidado de llenar dos copas de vino, la de ella y la de él, para regar con alegría hasta los temas más dramáticos. Después de los cafés, una copa de gin-tónic y un cubata, animaron la conversación de la falta de trabajo, de lo difícil que es llegar a fin de mes en casa, de que ya no se puede ir a cenar como antes, de la angustia de vivir el día a día, de necesidad de un futuro claro al que agarrarse. Cuando la conversación se debilitaba, cuando las palabras caían como calderilla en la estrechez del territorio común, Alejandro volvía a invitar a Ana a otra copa. Bailó después con ella en el pub “Azul Luna” dando pequeños sorbos a su tercer cubata. Veía entonces como ella ondulaba sus brazos lentamente y cerraba de vez en cuando los párpados para vibrar mejor con la música. Más tarde, rodeó con sus brazos el cuello de él, mientras buscaba las manos de Alejandro para que descansaran en su cintura. Cercaban poco a poco un territorio elegido, sin palabras y sin copas.

Fue entonces cuando sonaron los primeros boleros. Ana le llevó al lateral del pub, a un sofá, un espacio reservado para parejas que se besaban o hablaban en voz baja. Mientras sonaba “Piensa en mí” de Luz Casal, él se sentía fascinado, por su paso decidido, por su mirada rotunda, y como un niño obediente, iba detrás de ella, a su lado, donde quisiera.

Sus pechos se adivinaban bajo la tela de la blusa, se erguían retando la tranquilidad del lugar. Tan cerca estaban los dos, que Alejandro tocó sus labios, la besó despacio, y fue descendiendo por su cuello para volver a su boca.

Y entonces Ana alcanzó con la mano su copa y bebió pequeños sorbos de licor de limón.

Y volvió a hablar.

Murmuró algo así como que era su mejor amigo, que le tenía mucha confianza, que podía hablar con él de cosas íntimas, que eso no le pasaba con nadie, que era una persona muy especial, y que por eso quería contarle que a ella en realidad le gustaba…¡¡Susana!!

No paró de hablar en toda la noche.

Y Alejandro no paró de beber.

Ella se fue feliz a su casa…y él… borracho y derrotado. Y con cara de haber visto un elefante bailando el Lago de los Cisnes.

El domingo lo pasó tirado en el sofá, incapaz de salir de casa. Y con apenas unos pocos euros en la cartera.

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