OBRINT LA FINESTRA

M'agrada assomar-me a la finestra i veure que hi ha més enllà. Normalment després me retiro a l'habitació i continuo amb el que estava fent. Avui m'han pegat una espenteta i he decidit travessar la finestra.

domingo, 6 de junio de 2010

LA ESCALERA

Carmela Martínez Diego tenía casi sesenta años. Digo casi porque le faltaba solo un mes para tenerlos cuando murió su padre, convaleciente de una larga enfermedad, como dijeron en la televisión las noticias de las tres de la tarde. Cinco años pendiente de un anciano obediente, tan distinto al hombre decidido, lleno de carácter e incluso de furia que había sido siempre su padre, y acostumbrada como estaba a atender las necesidades del enfermo, de estar pendiente de las comidas, el aseo y las medicinas, la habían dejado exhausta. El mismo día de su muerte, después de asistir al sepelio, y darle sepultura, de recibir el pésame de los amigos, la familia y a las autoridades que asistieron, Carmela tuvo que hacer un último esfuerzo para pedir un taxi y convencer a todos que quería estar sola. Una vez dentro del coche, se desabrochó un botón de la blusa y se soltó el pelo, a la vez que le pidió al taxista que tomara la carretera hacia Barcelona. Quería respirar un poco. Bajó la ventanilla del asiento de atrás y miró afuera. Pudo observar los chopos que desaparecían veloces a medida que avanzaban por la carretera, mientras el sol se asomaba y se escondía por entre las copas de los árboles. Le gustaba ver como quedaba atrás un paisaje conocido, mientras el horizonte de la carretera se veía difuso. En veinte minutos llegaron a Barcelona. Carmela necesitaba estar rodeada de gente desconocida por un tiempo, así que pidió al taxista que la llevara a las Ramblas.

Bajó del coche, pagó y se fue a dar un paseo. Caminaba sola y libre, una más del montón en una calle amplia. Observaba los hombres-estatua como movían sus cuerpos cuando los niños les daban alguna moneda, a familias sentadas en una de las terrazas saboreando un helado, o novios cogidos de la mano soltándose un beso mientras entrelazaban sus cinturas con sus brazos. Un paisaje distinto lleno de gente desconocida que sintió por el momento tan próxima.

Se sentó en un café y pidió una cerveza. Entonces fue cuando, de repente, se dio cuenta de su verdadera edad. El televisor que estaba en la sala anunciaba la primera noticia del telediario de las nueve de la noche. “Fallece con noventa y seis años de edad Alberto Martínez Prieto, músico, cineasta, director durante años de la Escuela Nacional de Cine. Su hija, de casi sesenta años, apenada, asiste al entierro y recibe el pésame de familiares y amigos”. Carmela, alzó la cabeza y vio las imágenes que había dejado atrás apenas unas horas antes. Se vio sola y seria en una maraña de gente conocida. Casi sesenta años. Hacía cinco años que no pensaba en ella misma. Cinco años que habían pasado sin apenas darse cuenta, ausente de sí misma, en una casa conocida. Mientras miraba la tele, sintió como si le hubieran usurpado unos cuantos años de su vida y sintió rabia, deseos de venganza hacia sus hermanos que se habían desatendido de lo que supuso dedicarse a su padre, sintió ira por la humanidad entera, y desánimo después al verse tan sola en una mesa rodeada de desconocidos, sin hijos que cuidar ni marido al que amar. Después se sintió culpable por tener tanta desazón. Más tarde vinieron las dudas y el agobio de verse una vida por delante, con tantos deseos y tanto trabajo por hacer. De repente sintió impaciencia, debía hacerse a la idea de su verdadera edad lo antes posible y ponerse en marcha sin perder más el tiempo. La esperanza apareció antes de las nueve y media de la noche, cuando sonó la música que anunciaba el resumen de noticias del día.

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